BLOQUE I. LA
EDUCACIÓN ANTE UN CAMBIO DE ÉPOCA
Diapositiva
1. Presentación y apertura magistral
Muy buenas
tardes. agradecer a Dios que me permite estar aquí con ustedes en este hermoso
día, y a las
Distinguidas
autoridades académicas, honorables representantes de la Red Latinoamericana de
Investigaciones Cualitativas, RELATIC; miembros del Comité Organizador y del
Comité Científico; representantes de las universidades e instituciones aliadas;
apreciados investigadores, docentes, estudiantes y participantes de este Cuarto
Congreso Internacional RELATIC 2026.
Reciban un
cordial, respetuoso y fraterno saludo desde Ecuador.
Es para mí un
verdadero honor compartir este espacio de reflexión científica y académica con
profesionales comprometidos con uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo:
transformar la educación sin perder aquello que la hace profundamente humana.
Mi nombre es
Augusto Paolo Bernal Párraga, y tengo el privilegio de representar a la
Universidad de las Fuerzas Armadas ESPE, Ecuador.
Deseo
expresar mi sincero agradecimiento a RELATIC por esta invitación y por promover
escenarios de diálogo que nos permiten construir conocimiento desde las
diversas realidades de América Latina.
Hoy tengo el
agrado de presentar la conferencia magistral titulada:
«De la
Inteligencia Artificial a la Inteligencia Pedagógica: nuevos paradigmas para
transformar la enseñanza, el aprendizaje y la investigación educativa».
Quisiera
comenzar invitándolos a reflexionar sobre una pregunta fundamental:
¿Estamos
utilizando la inteligencia artificial para transformar verdaderamente la
educación, o simplemente estamos haciendo más rápido lo mismo que siempre hemos
hecho?
Actualmente,
una herramienta de inteligencia artificial puede redactar una planificación
curricular, generar preguntas de evaluación, resumir un artículo científico y
proponer actividades de aprendizaje en cuestión de segundos.
Pero ¿puede
comprender plenamente la historia personal de un estudiante, sus emociones, sus
dificultades familiares y las condiciones sociales en las que aprende?
Estas
preguntas nos recuerdan que educar es mucho más que transmitir información.
Educar
significa acompañar, inspirar, cuestionar, comprender y transformar.
Durante esta
conferencia los invito a explorar una idea central: el futuro de la educación
no dependerá únicamente de cuán inteligentes sean nuestras tecnologías, sino de
cuán inteligentes, humanas y responsables sean nuestras decisiones pedagógicas.
Porque la
inteligencia artificial puede ofrecernos respuestas extraordinarias, pero somos
los educadores quienes debemos formular las preguntas que verdaderamente
importan.
EJERCICIO 1
Estimados
colegas, antes de continuar, quisiera proponerles un pequeño desafío
intelectual.
Observen
estas dos situaciones.
El estudiante
A entrega un trabajo impecable, producido mediante inteligencia artificial,
pero cuando le pedimos explicar sus argumentos, encuentra dificultades.
El estudiante
B entrega un trabajo con algunos errores, pero es capaz de explicar cómo llegó
a sus conclusiones, reconocer sus equivocaciones y mejorar su respuesta.
Ahora
quisiera que ustedes respondan una pregunta.
¿Cuál de los
dos estudiantes está demostrando un aprendizaje más profundo?
Los invito a
ingresar a Mentimeter mediante el código que aparece en pantalla y seleccionar
su respuesta.
[Pausa de
aproximadamente 30 segundos para votar.]
Observemos
los resultados.
Más allá de
cuál sea la opción más votada, quisiera destacar algo fundamental: una
respuesta perfecta no constituye, por sí sola, evidencia suficiente de
aprendizaje.
Y una
respuesta imperfecta tampoco significa necesariamente ausencia de conocimiento.
Como
educadores e investigadores, necesitamos examinar los procesos, las
explicaciones y las evidencias.
Por eso
quiero dejarles esta reflexión:
¿Estamos
formando estudiantes capaces de pensar o estudiantes capaces de entregar
respuestas?
Con esta
pregunta damos paso a nuestra siguiente reflexión: el estudiante debe dejar de
ser un consumidor pasivo de respuestas para convertirse en un constructor
activo de conocimiento.
Diapositiva
2. Una revolución que ya está transformando nuestras aulas
Estimados
colegas:
Estamos
viviendo un momento extraordinario en la historia de la educación.
Durante
décadas, el acceso al conocimiento estuvo condicionado por la disponibilidad de
libros, bibliotecas, docentes especializados e instituciones educativas.
Posteriormente,
internet transformó radicalmente esta realidad y permitió acceder a grandes
cantidades de información desde prácticamente cualquier lugar conectado.
Hoy nos
encontramos frente a una transformación diferente.
Ya no
solamente podemos consultar información. También podemos dialogar con sistemas
capaces de producir explicaciones, generar ejemplos, elaborar textos, traducir
contenidos, construir modelos y proponer soluciones.
La
inteligencia artificial generativa ha cambiado nuestra relación cotidiana con
la producción de información.
Pero este
fenómeno plantea una pregunta que considero mucho más importante que cualquier
avance tecnológico:
¿Qué
significa aprender cuando una máquina puede producir una respuesta
aparentemente correcta en pocos segundos?
Pensemos en
una situación cotidiana.
Un docente
universitario solicita a sus estudiantes elaborar un ensayo sobre los desafíos
de la educación latinoamericana.
Tradicionalmente,
esta actividad requería buscar información, seleccionar fuentes, organizar
ideas, construir argumentos y redactar conclusiones.
Hoy un
estudiante puede solicitar a una herramienta de inteligencia artificial que
produzca ese ensayo casi inmediatamente.
El resultado
puede estar correctamente estructurado, presentar un vocabulario académico y
contener argumentos aparentemente convincentes.
Pero debemos
preguntarnos: ¿quién aprendió realmente?
¿El
estudiante que entregó el documento?
¿O el sistema
que generó el contenido?
La pregunta
no pretende descalificar la tecnología. Busca identificar qué procesos
cognitivos debemos proteger y desarrollar.
Porque existe
una diferencia profunda entre obtener una respuesta y construir conocimiento.
Una respuesta
puede ser producida automáticamente.
El
conocimiento, en cambio, requiere interpretación, contraste, reflexión y
capacidad de aplicación.
Por eso,
sostengo que estamos transitando desde una educación centrada en el acceso a la
información hacia una educación que debe concentrarse en el desarrollo del
juicio crítico.
Este cambio
también afecta nuestra identidad profesional.
Durante mucho
tiempo, el docente fue reconocido principalmente como una fuente de
conocimiento.
Hoy, cuando
los estudiantes pueden acceder a explicaciones automáticas en cualquier
momento, nuestra función debe fortalecerse como orientadores del pensamiento,
mediadores del aprendizaje y responsables de la formación humana.
La literatura
científica coincide en señalar que las oportunidades de la inteligencia
artificial dependen de su integración pedagógica, mientras que un uso poco
reflexivo puede generar dependencia y aprendizaje superficial (Ololoh, 2026).
Y aquí
aparece nuestra primera gran reflexión:
La revolución
educativa no consiste en que las máquinas puedan responder más preguntas, sino
en que los seres humanos aprendamos a formular preguntas más profundas.
Diapositiva
3. La pregunta que definirá el futuro de la educación
15:05–15:08 ·
3 minutos
Quisiera
invitarlos a imaginar dos aulas del futuro.
En la
primera, los estudiantes utilizan inteligencia artificial para resolver
ejercicios, redactar tareas y responder evaluaciones.
Las
actividades se completan rápidamente.
Los
documentos tienen buena presentación.
Los
resultados parecen eficientes.
Sin embargo,
cuando el docente solicita explicar una decisión, defender un argumento o
resolver un problema diferente, algunos estudiantes encuentran dificultades.
En la segunda
aula, los estudiantes también utilizan inteligencia artificial.
Pero antes de
consultar la herramienta, deben formular una hipótesis.
Después
comparan la respuesta generada con fuentes académicas.
Identifican
posibles errores.
Discuten
alternativas.
Y finalmente
elaboran una conclusión propia.
Ambas aulas
utilizan tecnología.
Pero
solamente la segunda convierte esa tecnología en una oportunidad deliberada
para desarrollar pensamiento crítico.
Esta
comparación nos permite comprender que la transformación educativa no depende
exclusivamente de las herramientas disponibles.
Depende del
tipo de experiencia intelectual que construimos alrededor de ellas.
Por eso
debemos preguntarnos:
¿Qué estamos
evaluando realmente?
¿La calidad
de un producto terminado o la capacidad del estudiante para comprender cómo
llegó a una conclusión?
¿Estamos
formando personas capaces de repetir respuestas o ciudadanos capaces de
cuestionarlas?
¿Estamos
enseñando a utilizar inteligencia artificial o estamos enseñando a pensar
críticamente con ella?
Estas
preguntas adquieren especial importancia en América Latina.
Nuestra
región presenta realidades educativas profundamente diversas.
Tenemos
universidades con infraestructura tecnológica avanzada, pero también
instituciones con limitaciones de conectividad.
Tenemos
estudiantes que utilizan herramientas digitales diariamente y otros que
dependen de dispositivos compartidos o de conexiones inestables.
Por ello,
cualquier propuesta de transformación debe reconocer nuestras desigualdades,
culturas, lenguas y contextos sociales.
No podemos
asumir que una herramienta tecnológica diseñada para un determinado contexto
resolverá automáticamente los desafíos de todas nuestras instituciones.
Necesitamos
construir propuestas pedagógicas contextualizadas.
Y aquí deseo
plantear una primera tesis de esta conferencia:
La
inteligencia artificial representa una oportunidad tecnológica; la inteligencia
pedagógica representa nuestra capacidad humana e institucional para decidir
cómo convertir esa oportunidad en aprendizaje significativo.
Esta
distinción será el hilo conductor de nuestra reflexión.
BLOQUE II. LA
REVOLUCIÓN DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
Diapositiva
4. ¿Qué puede hacer realmente la inteligencia artificial?
15:08–15:11 ·
3 minutos
Para
comprender el potencial educativo de la inteligencia artificial, debemos
comenzar diferenciando sus capacidades tecnológicas de sus resultados
pedagógicos.
Los sistemas
actuales pueden analizar patrones, clasificar información, generar contenidos y
responder instrucciones expresadas en lenguaje natural.
En educación,
estas capacidades pueden apoyar múltiples tareas.
Por ejemplo,
un docente puede solicitar diferentes explicaciones sobre un mismo concepto.
Puede pedir
una versión introductoria para estudiantes que recién se acercan al tema y otra
más compleja para quienes necesitan profundizar.
También puede
generar preguntas de práctica, ejemplos contextualizados y propuestas de
actividades colaborativas.
En
investigación, estas herramientas pueden contribuir a organizar ideas, sugerir
términos de búsqueda, apoyar la programación y facilitar determinados procesos
de análisis documental.
Sin embargo,
debemos comprender que generar una respuesta no equivale necesariamente a
comprender su significado.
Los sistemas
generativos pueden producir afirmaciones incorrectas con un lenguaje
convincente.
También
pueden presentar referencias bibliográficas inexistentes, reproducir sesgos y
omitir información relevante.
Por ello,
cuando hablamos de inteligencia artificial educativa, necesitamos distinguir
entre tres niveles.
El primero es
el nivel tecnológico: qué puede producir el sistema.
El segundo es
el nivel pedagógico: cómo utilizamos esa producción para favorecer el
aprendizaje.
Y el tercero
es el nivel ético: qué consecuencias tiene su utilización sobre las personas,
sus derechos y sus oportunidades.
Permítanme
presentar un ejemplo.
Supongamos
que un docente solicita a una herramienta de inteligencia artificial una
explicación sobre el cambio climático para estudiantes de educación básica.
La
herramienta genera un texto adecuado en apariencia.
Pero el
docente identifica que algunos ejemplos están alejados de la realidad de su
comunidad.
Entonces
decide incorporar problemas ambientales locales, experiencias familiares y
situaciones observables por los estudiantes.
Además,
revisa los datos científicos y adapta el vocabulario.
En ese
momento ocurre algo fundamental.
La tecnología
proporciona un recurso.
Pero es el
docente quien lo convierte en una experiencia educativa pertinente.
La
inteligencia artificial produce posibilidades. La inteligencia pedagógica
selecciona, contextualiza y orienta esas posibilidades.
Por eso, la
pregunta no debe ser únicamente qué herramientas dominamos.
La pregunta
fundamental es qué aprendizajes somos capaces de construir con ellas.
Diapositiva
5. Las oportunidades: personalización, retroalimentación y creatividad
15:11–15:14 ·
3 minutos
Uno de los
mayores potenciales de la inteligencia artificial en educación se relaciona con
la posibilidad de ofrecer apoyos diferenciados.
Sabemos que
los estudiantes no aprenden todos de la misma manera, ni necesariamente al
mismo ritmo.
Algunos
necesitan explicaciones adicionales.
Otros
requieren ejemplos concretos.
Otros avanzan
mejor mediante representaciones visuales, actividades prácticas o preguntas que
estimulen la reflexión.
Las
herramientas de inteligencia artificial pueden contribuir a preparar materiales
alternativos y ofrecer retroalimentación rápida.
Pensemos en
una clase universitaria con cuarenta estudiantes.
El docente
identifica que algunos presentan dificultades para comprender un concepto
estadístico.
Podría
utilizar inteligencia artificial para elaborar tres ejemplos distintos: uno
relacionado con educación, otro con salud y otro con economía.
Posteriormente,
los estudiantes comparan los ejemplos y explican qué elementos comparten.
La tecnología
facilita la preparación de materiales.
Pero la
decisión de utilizar ejemplos diferenciados responde a un propósito pedagógico.
También
encontramos oportunidades en la retroalimentación formativa.
Un estudiante
puede elaborar un primer borrador de un texto y recibir sugerencias sobre su
estructura.
Sin embargo,
no debería limitarse a aceptar automáticamente todas las recomendaciones.
Es preferible
solicitarle que identifique cuáles sugerencias son pertinentes, cuáles deben
rechazarse y por qué.
De esta
manera, la retroalimentación se convierte en un proceso de análisis y toma de
decisiones.
La
investigación sobre aprendizaje adaptativo y escritura académica señala
beneficios potenciales en personalización, revisión y apoyo al estudiante,
aunque insiste en la necesidad de supervisión docente y verificación de los
resultados (Dinaloni et al., 2026), (Sanz-Tejeda et al., 2026).
Existe además
una oportunidad importante para la creatividad docente.
Podemos
generar situaciones hipotéticas, diseñar estudios de caso, construir
simulaciones narrativas y explorar diferentes formas de presentar un problema.
Pero debemos
recordar que creatividad no significa producir más materiales.
Significa
construir experiencias que despierten curiosidad, permitan explorar
alternativas y desarrollen pensamiento original.
Por ello,
considero que el valor de la inteligencia artificial debe medirse por la
calidad del aprendizaje que facilita, no por la cantidad de contenido que
produce.
Diapositiva
6. Los riesgos de una educación automatizada
15:14–15:16 ·
2 minutos
Hasta este
momento hemos analizado las oportunidades.
Pero una
conferencia académica responsable también debe examinar los riesgos.
Uno de ellos
es la dependencia cognitiva.
Cuando una
persona delega constantemente la búsqueda de explicaciones, la formulación de
argumentos y la resolución de problemas, puede disminuir sus oportunidades de
ejercitar determinadas habilidades.
No significa
que toda utilización de inteligencia artificial debilite el pensamiento.
Significa que
debemos prestar atención a cómo se utiliza.
La
investigación identifica resultados diferentes según el diseño de las
actividades y el nivel de orientación docente (Raitskaya y Tikhonova, 2025).
Otro riesgo
es la confianza excesiva.
Una respuesta
redactada con seguridad puede parecer verdadera incluso cuando contiene
errores.
Por eso
necesitamos fortalecer la alfabetización informacional y la verificación de
fuentes.
También
debemos considerar la privacidad de los datos.
No es
aceptable introducir indiscriminadamente información personal, expedientes
estudiantiles o documentos confidenciales en plataformas externas.
Y existe un
riesgo adicional: la desigualdad tecnológica.
Si diseñamos
actividades que solamente pueden completar quienes tienen acceso a servicios de
pago o conectividad permanente, podríamos ampliar las brechas educativas.
Frente a
estos desafíos, propongo una idea sencilla:
No debemos
enseñar a confiar ciegamente en la inteligencia artificial, ni tampoco a
rechazarla automáticamente. Debemos enseñar a utilizarla con criterio.
Diapositiva
7. Del entusiasmo tecnológico a la responsabilidad educativa
15:16–15:19 ·
3 minutos
La historia
de la educación nos muestra que cada innovación tecnológica genera
expectativas.
En diferentes
momentos se pensó que la radio, la televisión, las computadoras o internet
transformarían por sí solos la enseñanza.
Todas estas
tecnologías abrieron posibilidades importantes.
Sin embargo,
ninguna eliminó la necesidad de una pedagogía sólida.
Con la
inteligencia artificial ocurre algo semejante.
Podemos
incorporar sistemas sofisticados y continuar utilizando metodologías centradas
exclusivamente en la repetición.
También
podemos disponer de recursos limitados y desarrollar experiencias educativas
extraordinarias mediante preguntas pertinentes, colaboración y reflexión.
La diferencia
está en la intención pedagógica.
Quisiera
compartir una situación hipotética.
Dos docentes
utilizan la misma herramienta de inteligencia artificial para preparar una
clase sobre ciudadanía digital.
El primero
solicita veinte preguntas de opción múltiple y pide a los estudiantes
responderlas.
El segundo
solicita varios dilemas éticos relacionados con privacidad, desinformación y
participación ciudadana.
Posteriormente,
organiza equipos para analizar los dilemas, comparar argumentos y defender
decisiones.
La
herramienta utilizada es la misma.
Pero los
procesos cognitivos promovidos son diferentes.
En el primer
caso, la actividad puede centrarse en identificar respuestas.
En el
segundo, exige interpretar, argumentar, dialogar y tomar decisiones.
Esto nos
lleva a reconocer que el docente no pierde relevancia con la inteligencia
artificial.
Por el
contrario, su capacidad para diseñar experiencias de aprendizaje se vuelve
todavía más importante.
La revisión
de García sobre integración de inteligencia artificial en educación primaria
identifica necesidades de formación docente, infraestructura, apoyo
institucional y políticas de uso responsable (García, 2025).
Por eso
necesitamos pasar del entusiasmo por las herramientas a una cultura de
responsabilidad educativa.
Una cultura
en la que cada decisión tecnológica responda a preguntas concretas:
¿Qué
competencia queremos desarrollar?
¿Qué
dificultades presentan nuestros estudiantes?
¿Qué
evidencia utilizaremos para valorar su aprendizaje?
¿Qué riesgos
debemos prevenir?
Y,
especialmente, ¿qué valor aporta la tecnología que no podríamos conseguir de
una manera más sencilla?
Con estas
preguntas llegamos al núcleo de nuestra conferencia: la inteligencia
pedagógica.
BLOQUE III.
DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL A LA INTELIGENCIA PEDAGÓGICA
Diapositiva
8. ¿Qué entendemos por inteligencia pedagógica?
15:19–15:22 ·
3 minutos
Estimados
colegas, llegamos ahora al concepto central de nuestra conferencia.
Hemos hablado
de inteligencia artificial, de sus posibilidades y de sus riesgos.
Pero quisiera
proponerles una pregunta diferente:
¿Qué
significa actuar inteligentemente desde la pedagogía?
Para esta
conferencia, propongo entender la inteligencia pedagógica como la capacidad del
docente y de las instituciones educativas para interpretar contextos,
comprender necesidades de aprendizaje, seleccionar estrategias, tomar
decisiones fundamentadas y evaluar sus consecuencias con responsabilidad ética.
Es importante
precisar que utilizo esta expresión como una propuesta conceptual para
organizar nuestra reflexión, no como un modelo científico cuya eficacia haya
sido demostrada experimentalmente.
La
inteligencia pedagógica no se reduce al dominio de contenidos.
Tampoco
consiste únicamente en conocer metodologías o manejar herramientas digitales.
Integra
conocimientos disciplinares, comprensión humana, juicio profesional,
creatividad, sensibilidad contextual y capacidad de reflexión.
Pensemos en
una situación frecuente.
Un estudiante
presenta dificultades persistentes para completar sus actividades.
Una
plataforma digital podría identificar retrasos en las entregas y recomendar
ejercicios adicionales.
Esa
información puede resultar útil.
Pero el
docente necesita formular otras preguntas.
¿El
estudiante comprende las instrucciones?
¿Tiene
dificultades de conectividad?
¿Trabaja
después de clases?
¿Existen
circunstancias familiares que afectan su participación?
¿Necesita una
explicación diferente o una adaptación metodológica?
Estas
preguntas muestran la diferencia entre procesar datos y comprender
pedagógicamente una situación.
Un sistema
puede identificar patrones.
El docente
debe interpretar esos patrones dentro de un contexto humano.
Por ello, la
inteligencia pedagógica requiere escuchar, observar, dialogar y tomar
decisiones prudentes.
También
requiere reconocer que nuestras primeras interpretaciones pueden ser
equivocadas.
Un estudiante
que participa poco no necesariamente carece de interés.
Puede
experimentar inseguridad, barreras lingüísticas o dificultades para expresarse
en público.
Un resultado
académico bajo tampoco define la capacidad de una persona.
Puede
reflejar dificultades específicas, condiciones adversas o una estrategia de
evaluación poco pertinente.
En
consecuencia, la inteligencia pedagógica exige evitar conclusiones apresuradas.
Y aquí
encontramos una conexión importante con la inteligencia artificial.
La tecnología
puede ampliar la información disponible para tomar decisiones.
Pero no debe
convertirse automáticamente en la autoridad que decide por nosotros.
La literatura
reciente propone precisamente preservar la autonomía de estudiantes y docentes,
junto con la verificación y la supervisión humana (Haro-Sarango, 2026).
Por eso
quiero destacar una segunda tesis:
La
inteligencia artificial amplía nuestras posibilidades de actuación; la
inteligencia pedagógica determina cuáles de esas posibilidades merecen
convertirse en decisiones educativas.
Diapositiva
9. Cinco dimensiones de la inteligencia pedagógica
15:22–15:25 ·
3 minutos
Para avanzar
en esta propuesta, quisiera presentar cinco dimensiones que considero
fundamentales para una inteligencia pedagógica orientada al desarrollo humano.
La primera es
la dimensión cognitiva.
Se relaciona
con la capacidad de comprender cómo aprenden los estudiantes, identificar
dificultades y diseñar experiencias que promuevan razonamiento, análisis y
construcción de conocimiento.
No basta con
transmitir información.
Necesitamos
crear condiciones para que esa información sea comprendida, cuestionada y
utilizada.
La segunda
dimensión es la contextual.
Todo
aprendizaje ocurre en una realidad social, cultural e institucional.
No podemos
enseñar de la misma manera ignorando las diferencias de edad, experiencias
previas, condiciones económicas, lenguas o características de las comunidades.
La
inteligencia pedagógica exige reconocer esas particularidades.
La tercera
dimensión es la ética.
Toda decisión
educativa produce consecuencias.
Cuando
seleccionamos contenidos, utilizamos datos estudiantiles o diseñamos
evaluaciones, estamos tomando decisiones que pueden favorecer o perjudicar a
determinadas personas.
Por eso
necesitamos actuar con justicia, transparencia y responsabilidad.
La cuarta
dimensión es la creativa.
Educar
también implica imaginar nuevas posibilidades.
Un docente
creativo no es necesariamente quien utiliza la herramienta más sofisticada.
Es quien
encuentra maneras pertinentes de despertar la curiosidad, superar dificultades
y conectar los contenidos con problemas significativos.
Y la quinta
dimensión es la reflexiva.
Consiste en
examinar críticamente nuestras propias prácticas.
Preguntarnos
qué funcionó, qué no funcionó y qué debemos modificar.
Esta
dimensión resulta especialmente importante porque ninguna estrategia educativa
es perfecta para todos los contextos.
Ahora
imaginemos que integramos estas cinco dimensiones al uso de inteligencia
artificial.
La dimensión
cognitiva nos ayuda a definir qué procesos mentales queremos desarrollar.
La contextual
nos permite adaptar los recursos a nuestros estudiantes.
La ética
establece límites y responsabilidades.
La creativa
abre posibilidades de innovación.
Y la
reflexiva nos invita a evaluar los resultados y mejorar continuamente.
Estas cinco
dimensiones constituyen una propuesta de organización conceptual para esta
conferencia.
No deben
interpretarse como una escala validada ni como una clasificación universal.
Su finalidad
es ayudarnos a responder una pregunta práctica:
Antes de
incorporar inteligencia artificial a una actividad educativa, ¿hemos pensado
suficientemente en las personas que aprenderán mediante ella?
Diapositiva
10. El docente como arquitecto de experiencias de aprendizaje
15:25–15:28 ·
3 minutos
Durante
muchos años hemos utilizado diferentes expresiones para describir el papel del
docente.
Facilitador.
Mediador.
Orientador.
Investigador.
Innovador.
Hoy quisiera
agregar una imagen que puede ayudarnos a comprender su función frente a la
inteligencia artificial.
El docente
como arquitecto de experiencias de aprendizaje.
Un arquitecto
no se limita a reunir materiales de construcción.
Antes de
diseñar un edificio, necesita comprender su propósito, las características del
terreno, las necesidades de las personas y las condiciones de seguridad.
De manera
semejante, un docente no debería limitarse a reunir contenidos, actividades y
herramientas tecnológicas.
Necesita
diseñar una experiencia coherente.
Debe
preguntarse qué aprendizajes busca, cómo reconocerá las dificultades y qué
evidencias permitirán valorar los avances.
Consideremos
una clase sobre desarrollo sostenible.
Una actividad
tradicional podría solicitar a los estudiantes elaborar un resumen sobre los
Objetivos de Desarrollo Sostenible.
Con
inteligencia artificial, ese resumen puede generarse rápidamente.
Pero un
docente que actúa como arquitecto pedagógico puede transformar la actividad.
Primero,
solicita a los estudiantes identificar un problema ambiental de su comunidad.
Después, les
pide formular una explicación inicial sin utilizar inteligencia artificial.
Posteriormente,
utilizan la herramienta para explorar posibles causas y soluciones.
A
continuación, contrastan esas propuestas con documentos científicos y datos
locales.
Finalmente,
elaboran una intervención comunitaria y justifican sus decisiones.
En este
ejemplo, la inteligencia artificial no sustituye el proceso de aprendizaje.
Forma parte
de una secuencia diseñada para promover investigación, pensamiento crítico y
responsabilidad social.
Esta
distinción es esencial.
El verdadero
objetivo no es que el estudiante produzca un documento atractivo.
Es que
comprenda el problema, evalúe alternativas y pueda defender una propuesta.
Por ello,
considero que la formación docente en inteligencia artificial debe superar los
cursos centrados exclusivamente en aprender instrucciones o utilizar
aplicaciones.
Necesitamos
programas que desarrollen capacidades de diseño didáctico, evaluación,
alfabetización informacional y juicio ético.
La evidencia
sobre formación docente destaca precisamente la importancia de preparar
profesionales capaces de valorar la pertinencia de las herramientas y revisar
críticamente sus resultados (Wang y Lan, 2026).
Y quisiera
que recordemos esta idea:
Una
herramienta inteligente no convierte automáticamente una clase en inteligente.
Lo que transforma la clase es la calidad del diseño pedagógico.
Diapositiva
11. El estudiante: de consumidor de respuestas a constructor de conocimiento
15:28–15:31 ·
3 minutos
Hasta ahora
hemos reflexionado sobre el docente.
Pero existe
otro protagonista indispensable: el estudiante.
La
inteligencia artificial nos obliga a revisar qué significa participar
activamente en el aprendizaje.
Durante mucho
tiempo, algunas prácticas educativas privilegiaron la reproducción de
información.
El estudiante
debía recordar definiciones, identificar conceptos y repetir procedimientos.
Estas
capacidades pueden seguir siendo necesarias.
Sin embargo,
resultan insuficientes cuando los sistemas tecnológicos pueden producir
respuestas semejantes de manera inmediata.
Necesitamos
fortalecer otras competencias.
La capacidad
de formular preguntas.
La habilidad
para distinguir argumentos sólidos de afirmaciones débiles.
La
disposición para reconocer errores.
La
creatividad para proponer alternativas.
Y la
responsabilidad para tomar decisiones fundamentadas.
Pensemos en
un estudiante que utiliza inteligencia artificial para resolver un problema
matemático.
La
herramienta presenta una solución detallada.
Pero ¿qué
ocurriría si el procedimiento incluyera un error?
¿El
estudiante podría identificarlo?
¿Sería capaz
de explicar por qué el resultado es incorrecto?
¿Podría
proponer otro camino?
Estas
preguntas muestran que la verdadera competencia no consiste únicamente en
obtener una respuesta.
Consiste en
comprenderla, evaluarla y decidir si merece ser aceptada.
Por eso
propongo que nuestras actividades educativas incorporen tres momentos.
Primero,
pensar antes de consultar.
Segundo,
contrastar después de recibir una respuesta.
Tercero,
justificar personalmente la decisión final.
Esta
secuencia puede aplicarse a numerosas disciplinas.
En Historia,
para contrastar interpretaciones.
En Ciencias,
para examinar explicaciones.
En Educación,
para analizar casos pedagógicos.
En
Ingeniería, para evaluar soluciones técnicas.
Y en
investigación, para valorar hipótesis y argumentos.
Las
revisiones sobre inteligencia artificial y pensamiento crítico muestran
oportunidades cuando su uso está orientado a la reflexión activa, pero también
advierten sobre los riesgos de delegar excesivamente el razonamiento (Raitskaya
y Tikhonova, 2025), (Kumara et al., 2026).
Quisiera
detenerme aquí en una reflexión.
Si un
estudiante entrega un trabajo extraordinario, pero no puede explicar cómo lo
construyó, debemos preguntarnos qué evidencia tenemos de su aprendizaje.
En cambio, si
presenta una solución imperfecta, reconoce sus errores y demuestra capacidad
para mejorarla, estamos observando procesos intelectuales valiosos.
Por ello,
necesitamos una educación que no premie únicamente las respuestas impecables.
Necesitamos
valorar también las preguntas, los procesos, las revisiones y la capacidad de
aprender de los errores.
EJERCICIO 2
Estimados
colegas, les propongo ahora una situación hipotética.
Imaginen que
ustedes forman parte del comité académico de una universidad que está
contratando a un nuevo docente.
El primer
candidato domina numerosas herramientas de inteligencia artificial. Puede
generar planificaciones, actividades y evaluaciones en cuestión de segundos.
Sin embargo, presenta dificultades para comprender las necesidades de sus
estudiantes.
El segundo
candidato posee una sólida formación pedagógica. Sabe motivar, acompañar,
evaluar y desarrollar pensamiento crítico, pero sus conocimientos sobre
inteligencia artificial son todavía básicos.
Si ustedes
tuvieran que tomar esta decisión, ¿a quién contratarían?
Los invito a
votar en Mentimeter.
[Pausa para
recibir las respuestas.]
Ahora
observemos los resultados.
Esta pregunta
nos muestra que la transformación educativa no debería obligarnos a elegir
entre tecnología y pedagogía.
Nuestro
verdadero desafío es desarrollar profesionales capaces de integrar ambas
dimensiones.
Porque un
docente que domina la tecnología, pero no comprende cómo aprenden sus
estudiantes, puede producir muchos materiales sin garantizar aprendizajes
significativos.
Y un
excelente pedagogo puede ampliar sus posibilidades si desarrolla competencias
tecnológicas de manera crítica.
Por eso, la
pregunta más importante no es quién domina más herramientas, sino quién es
capaz de utilizarlas con sentido educativo.
Y
precisamente esta reflexión nos conduce al siguiente tema: el estudiante como
constructor activo de conocimiento.
Diapositiva
12. Una nueva alianza entre inteligencia humana e inteligencia artificial
15:31–15:34 ·
3 minutos
Llegamos
ahora a una pregunta decisiva:
¿Debemos
entender la relación entre docentes e inteligencia artificial como una
competencia?
Considero que
no.
No
necesitamos construir una narrativa en la que las máquinas deban reemplazar a
los educadores o los educadores deban demostrar constantemente que son
superiores a las máquinas.
Necesitamos
comprender que estamos frente a capacidades diferentes.
La
inteligencia artificial puede procesar grandes cantidades de información y
producir alternativas con rapidez.
El ser humano
aporta experiencia, interpretación contextual, responsabilidad moral y
capacidad de construir relaciones educativas.
Estas
capacidades pueden complementarse cuando existe un diseño adecuado.
Pero esa
colaboración necesita límites.
No todas las
decisiones deben automatizarse.
Por ejemplo,
una herramienta puede apoyar la revisión preliminar de un texto académico.
Sin embargo,
la evaluación definitiva debe considerar los objetivos de aprendizaje, los
criterios establecidos y las circunstancias relevantes del estudiante.
De manera
semejante, un sistema puede identificar patrones de participación.
Pero no
debería determinar automáticamente el futuro académico de una persona sin
mecanismos de revisión humana.
La
investigación sobre autoridad del conocimiento en entornos educativos advierte
que los sistemas generativos pueden adquirir una apariencia de autoridad que
debilite la evaluación crítica de sus afirmaciones (Jose et al., 2025).
Por eso
necesitamos construir una relación en la que la inteligencia artificial sea una
herramienta de apoyo y no una autoridad incuestionable.
Quisiera
proponer una expresión para sintetizar esta relación:
Tecnología
para ampliar posibilidades. Pedagogía para orientar decisiones. Ética para
establecer límites. Humanidad para dar sentido.
Esta fórmula
no pretende ser un resultado experimental.
Es una
invitación a organizar nuestras decisiones educativas.
Y nos conduce
hacia una pregunta que será fundamental en los próximos años:
¿Cómo podemos
transformar concretamente la enseñanza, el aprendizaje y la investigación sin
perder nuestra autonomía intelectual?
Esa será la
reflexión que desarrollaremos en el siguiente bloque.
BLOQUE IV.
TRANSFORMACIÓN DE LA ENSEÑANZA, EL APRENDIZAJE Y LA INVESTIGACIÓN EDUCATIVA
Diapositiva
13. Transformar la enseñanza: de transmitir contenidos a diseñar experiencias
15:34–15:37 ·
3 minutos
Estimados
participantes, quisiera que traslademos nuestras reflexiones a la práctica
cotidiana del aula.
Cuando
hablamos de transformación educativa, con frecuencia pensamos en incorporar
plataformas, aplicaciones o dispositivos.
Pero la
transformación pedagógica exige revisar una pregunta anterior:
¿Qué queremos
que nuestros estudiantes sean capaces de hacer al finalizar una experiencia de
aprendizaje?
Esta pregunta
parece sencilla.
Sin embargo,
sus implicaciones son profundas.
Si nuestro
objetivo consiste únicamente en recordar información, podemos diseñar
actividades centradas en la recuperación de datos.
Pero si
buscamos desarrollar pensamiento crítico, creatividad, colaboración o
resolución de problemas, necesitamos experiencias diferentes.
Permítanme
presentar un ejemplo relacionado con la formación docente.
Imaginemos
una asignatura universitaria sobre evaluación educativa.
En una
metodología tradicional, el profesor explica los tipos de evaluación y solicita
elaborar un cuadro comparativo.
Ahora
imaginemos una propuesta diferente.
El docente
presenta un caso hipotético de un estudiante que obtiene resultados bajos en
varias evaluaciones.
Solicita a
los participantes analizar las posibles causas.
Posteriormente,
los estudiantes utilizan inteligencia artificial para generar diferentes
estrategias de evaluación formativa.
Pero no
aceptan automáticamente las propuestas.
Deben
identificar cuáles respetan los principios de equidad, cuáles ofrecen
retroalimentación pertinente y cuáles podrían generar consecuencias negativas.
Finalmente,
diseñan su propia propuesta y justifican cada decisión.
¿Qué ha
cambiado?
No solamente
hemos incorporado una herramienta tecnológica.
Hemos
modificado la naturaleza de la actividad.
El estudiante
ya no se limita a reproducir definiciones.
Debe
interpretar una situación, evaluar alternativas y fundamentar decisiones.
Esto nos
permite comprender que la inteligencia artificial puede utilizarse para
reforzar prácticas tradicionales o para abrir oportunidades de aprendizaje más
complejo.
La diferencia
depende del diseño pedagógico.
Quisiera
destacar también la importancia de la planificación.
Una
planificación apoyada por inteligencia artificial puede resultar útil como
punto de partida.
Pero debe
revisarse considerando los objetivos curriculares, el tiempo disponible, las
características de los estudiantes y los recursos reales de la institución.
No podemos
confundir rapidez con pertinencia.
Una actividad
generada en treinta segundos no necesariamente es mejor que una actividad
cuidadosamente diseñada durante una hora.
Lo importante
es su capacidad para favorecer aprendizajes.
Por eso
propongo que, antes de utilizar inteligencia artificial en la enseñanza,
formulemos cuatro preguntas:
¿Qué
aprenderán los estudiantes?
¿Qué tendrán
que pensar o hacer por sí mismos?
¿Qué apoyo
específico ofrecerá la tecnología?
¿Y cómo
comprobaremos que el aprendizaje ocurrió?
Si podemos
responder con claridad, estaremos avanzando hacia una integración pedagógica
responsable.
Diapositiva
14. Transformar el aprendizaje: autonomía, pensamiento crítico y colaboración
15:37–15:40 ·
3 minutos
La segunda
transformación se relaciona directamente con la experiencia del estudiante.
Uno de los
grandes desafíos de la educación contemporánea es desarrollar autonomía.
Pero debemos
comprender que autonomía no significa dejar al estudiante solo frente a una
plataforma.
Significa
ayudarlo a planificar, supervisar y evaluar su propio aprendizaje.
La
inteligencia artificial puede apoyar este proceso.
Por ejemplo,
un estudiante puede solicitar preguntas de práctica, explicaciones alternativas
o retroalimentación sobre sus respuestas.
Sin embargo,
necesita aprender a identificar cuándo la herramienta le está ayudando a
comprender y cuándo simplemente está realizando la tarea en su lugar.
Esta
diferencia es esencial.
Imaginemos
que un estudiante debe preparar una exposición sobre biodiversidad.
Podría pedir
a la inteligencia artificial que genere todo el contenido y memorizarlo.
Pero también
podría utilizarla para explorar conceptos, identificar dudas, organizar un
esquema inicial y contrastar información científica.
Posteriormente,
tendría que construir una interpretación propia y relacionarla con los
problemas ambientales de su comunidad.
En el segundo
caso, la herramienta funciona como apoyo.
El estudiante
conserva la responsabilidad sobre su aprendizaje.
La
colaboración también adquiere nuevas posibilidades.
Podemos
organizar actividades en las que diferentes equipos analicen una misma
respuesta generada por inteligencia artificial.
Un grupo
identifica las afirmaciones verificables.
Otro examina
los supuestos.
Un tercero
busca perspectivas que no fueron consideradas.
Y un cuarto
propone mejoras.
Después, los
equipos contrastan sus conclusiones.
Esta dinámica
permite convertir un contenido generado automáticamente en un objeto de
discusión académica.
El
aprendizaje deja de centrarse exclusivamente en recibir información.
Se convierte
en una actividad social de interpretación y construcción de conocimiento.
La
investigación sobre inteligencia artificial en educación superior señala que
sus beneficios potenciales dependen del acompañamiento docente, de las tareas
propuestas y de la preservación de la autonomía del estudiante (Haro-Sarango,
2026).
Por ello,
debemos evitar dos extremos.
El primero
consiste en prohibir indiscriminadamente herramientas que podrían contribuir al
aprendizaje.
El segundo
consiste en permitir su utilización sin orientaciones ni criterios.
Entre ambos
extremos existe un camino pedagógico.
Un camino
basado en alfabetización digital, pensamiento crítico y responsabilidad.
Y aquí
quisiera compartir una reflexión:
Un estudiante
verdaderamente autónomo no es aquel que puede obtener todas las respuestas con
inteligencia artificial. Es aquel que sabe cuándo utilizarla, cómo cuestionarla
y cuándo necesita pensar sin ella.
Diapositiva
15. Transformar la evaluación: cuando el producto ya no es suficiente
15:40–15:43 ·
3 minutos
Llegamos
ahora a uno de los temas más sensibles de esta transformación: la evaluación.
Durante mucho
tiempo hemos utilizado productos académicos como evidencia principal del
aprendizaje.
Ensayos.
Informes.
Presentaciones.
Resolución de
ejercicios.
Proyectos
escritos.
Pero la
inteligencia artificial generativa ha modificado las condiciones en las que
estos productos pueden elaborarse.
Actualmente,
una persona puede generar un texto bien estructurado sin haber desarrollado
necesariamente todos los procesos intelectuales que tradicionalmente
asociábamos con su producción.
Esto no
significa que debamos abandonar los trabajos escritos.
Significa que
necesitamos revisar qué evidencias consideramos suficientes.
Pensemos en
un estudiante que entrega un ensayo sobre ética profesional.
El documento
presenta una introducción clara, argumentos organizados y conclusiones
coherentes.
Pero cuando
el docente pregunta por qué eligió determinada postura, el estudiante no logra
justificarla.
El problema
no está únicamente en la posible utilización de inteligencia artificial.
El problema
está en que el producto final no permite demostrar, por sí solo, el aprendizaje
esperado.
Por eso
propongo fortalecer una evaluación centrada también en los procesos.
Podemos
solicitar borradores sucesivos.
Registrar
decisiones de revisión.
Incorporar
defensas orales.
Plantear
problemas nuevos.
Utilizar
portafolios reflexivos.
Y pedir a los
estudiantes explicar qué herramientas utilizaron y cómo evaluaron sus
resultados.
También
podemos diseñar actividades donde el uso de inteligencia artificial esté
permitido, pero deba declararse y justificarse.
Por ejemplo,
un estudiante podría presentar una respuesta inicial generada por una
herramienta y luego elaborar un análisis crítico de sus errores, omisiones y
posibilidades de mejora.
En ese caso,
el objeto de evaluación no sería únicamente la respuesta.
Sería la
capacidad para examinarla.
Sin embargo,
debemos evitar convertir toda evaluación en una investigación sobre si el
estudiante utilizó inteligencia artificial.
Los sistemas
automáticos de detección pueden producir errores y no deberían considerarse
pruebas concluyentes de una infracción.
Necesitamos
reglas claras, procedimientos justos y diálogo académico.
La literatura
sobre escritura universitaria asistida por inteligencia artificial destaca
tanto las oportunidades de retroalimentación como los desafíos relacionados con
autoría, dependencia y evaluación (Sanz-Tejeda et al., 2026).
Por ello,
quisiera proponer una pregunta para nuestras instituciones:
Si una
herramienta puede producir el resultado que solicitamos, ¿qué debemos cambiar
en la evaluación para reconocer aquello que el estudiante realmente sabe,
comprende y puede hacer?
Esta pregunta
debería ocupar un lugar central en nuestros procesos de innovación curricular.
Diapositiva
16. La inteligencia artificial en la investigación educativa
15:43–15:46 ·
3 minutos
Como
investigadores, sabemos que producir conocimiento exige rigor metodológico,
transparencia y responsabilidad.
La
inteligencia artificial también está transformando nuestros procesos de
investigación.
Puede apoyar
tareas de organización documental, exploración conceptual, programación,
análisis preliminar de información y revisión de textos.
Sin embargo,
debemos establecer una distinción fundamental.
Apoyar una
investigación no significa sustituir el razonamiento científico.
Pensemos en
una revisión de literatura.
Una
herramienta puede sugerir palabras clave, proponer categorías temáticas o
resumir textos que le proporcionemos.
Pero
corresponde al investigador comprobar que los documentos existen, que las
referencias son correctas y que las conclusiones representan fielmente la
evidencia.
Una
referencia bibliográfica generada automáticamente no debe incorporarse a un
artículo sin verificación.
Tampoco
debemos aceptar como verdadero un resumen simplemente porque utiliza lenguaje
académico.
En
investigación cualitativa, estos desafíos adquieren especial importancia.
La
interpretación de entrevistas, narrativas y experiencias humanas requiere
reconocer contextos, significados y perspectivas.
Una
herramienta puede ayudar a organizar fragmentos de texto o proponer
agrupaciones preliminares.
Pero no debe
confundirse esa organización con una interpretación científica validada.
Las
categorías analíticas deben construirse y justificarse mediante un proceso
metodológico transparente.
Además,
cuando trabajamos con testimonios, debemos proteger la confidencialidad de los
participantes.
No podemos
introducir información sensible en plataformas externas sin evaluar las
condiciones de privacidad, consentimiento y seguridad.
En
investigación cuantitativa, la inteligencia artificial también puede apoyar la
elaboración de código y la exploración de procedimientos estadísticos.
Pero un
resultado numérico no es correcto solamente porque haya sido generado por un
sistema.
El
investigador debe revisar los supuestos, los datos, las fórmulas y la
interpretación.
Y debemos
recordar algo esencial: una diferencia estadísticamente significativa no
demuestra automáticamente causalidad.
El rigor
científico continúa dependiendo del diseño de investigación y de la calidad de
la evidencia.
Por ello,
propongo cuatro principios para la investigación educativa asistida por
inteligencia artificial.
Primero,
trazabilidad: debemos poder explicar cómo obtuvimos nuestros resultados.
Segundo,
verificabilidad: las afirmaciones y referencias deben contrastarse.
Tercero,
transparencia: debemos declarar los usos relevantes de inteligencia artificial
conforme a las normas académicas.
Y cuarto,
responsabilidad: los investigadores humanos siguen siendo responsables de las
conclusiones publicadas.
La
inteligencia artificial puede contribuir a acelerar determinadas tareas.
Pero no debe
acelerar nuestros errores.
La ciencia no
avanza simplemente cuando producimos más textos. Avanza cuando construimos
conocimiento confiable, relevante y abierto a la crítica.
Diapositiva
17. América Latina: construir una inteligencia pedagógica desde nuestras
realidades
15:46–15:49 ·
3 minutos
Quisiera
dedicar este momento a una reflexión especialmente importante para RELATIC.
Cuando
hablamos de inteligencia artificial, frecuentemente utilizamos ejemplos de
grandes universidades internacionales, plataformas globales y sistemas
desarrollados en contextos tecnológicos avanzados.
Estos
referentes pueden aportar experiencias valiosas.
Pero no
debemos olvidar que América Latina posee realidades educativas propias.
Nuestra
región se caracteriza por una extraordinaria diversidad cultural, lingüística,
social y territorial.
Tenemos
comunidades rurales, poblaciones indígenas, instituciones interculturales,
ciudades altamente conectadas y territorios donde el acceso a tecnologías
continúa siendo limitado.
Por ello, no
podemos adoptar modelos de innovación sin preguntarnos por su pertinencia.
Una
herramienta diseñada para un contexto urbano, con conectividad permanente y
abundantes recursos digitales, puede resultar poco adecuada para una
institución que enfrenta dificultades de infraestructura.
De igual
manera, los contenidos generados automáticamente pueden presentar ejemplos
culturales que no representan las experiencias de nuestros estudiantes.
Esto exige
una actitud crítica.
No se trata
de rechazar el conocimiento internacional.
Se trata de
dialogar con él desde nuestras propias realidades.
Pensemos en
una comunidad educativa que busca estudiar la conservación del agua.
La
inteligencia artificial puede ofrecer información científica y propuestas de
actividades.
Pero los
estudiantes también pueden investigar las prácticas locales de manejo del agua,
entrevistar a miembros de su comunidad y analizar problemas concretos de su
territorio.
Cuando
combinamos conocimientos científicos, recursos tecnológicos y experiencias
comunitarias, construimos una educación contextualizada.
Y aquí
aparece una oportunidad extraordinaria para la investigación latinoamericana.
Necesitamos
estudiar cómo se utiliza la inteligencia artificial en nuestras escuelas y
universidades.
Qué
beneficios se observan.
Qué
dificultades enfrentan los docentes.
Cómo influyen
las condiciones socioeconómicas.
Qué riesgos
aparecen en relación con los datos personales.
Y qué
estrategias permiten fortalecer el aprendizaje sin ampliar las desigualdades.
No basta con
importar soluciones.
Necesitamos
producir evidencia propia.
Las redes
académicas, como RELATIC, pueden contribuir a este propósito mediante proyectos
colaborativos, intercambio de experiencias y construcción de conocimiento
interdisciplinario.
También
necesitamos reconocer que la innovación educativa debe incluir a quienes
históricamente han tenido menos oportunidades de participar en las
transformaciones tecnológicas.
La inclusión
no puede ser una consecuencia accidental.
Debe
constituir un principio del diseño.
Por eso
quisiera plantear una reflexión dirigida a nuestra comunidad científica:
América
Latina no debe limitarse a consumir tecnologías educativas. Debe participar
activamente en la construcción de sus criterios pedagógicos, éticos y sociales
de utilización.
La
inteligencia pedagógica que necesitamos debe dialogar con el mundo, pero
también escuchar nuestras aulas, nuestras comunidades y nuestras realidades.
BLOQUE V.
ÉTICA, FUTURO Y CIERRE MAGISTRAL
Diapositiva
18. Los dilemas éticos de la inteligencia artificial educativa
15:49–15:52 ·
3 minutos
Estamos
llegando a la parte final de esta conferencia.
Y quisiera
detenerme en una dimensión que considero inseparable de cualquier
transformación educativa: la ética.
La
inteligencia artificial puede ofrecer grandes oportunidades.
Pero su
utilización también plantea preguntas sobre privacidad, justicia, transparencia
y responsabilidad.
Pensemos en
un sistema que analiza el desempeño académico de los estudiantes y genera
recomendaciones personalizadas.
A primera
vista, esta posibilidad parece positiva.
Pero debemos
preguntarnos:
¿Qué datos
utiliza?
¿Quién puede
acceder a ellos?
¿Durante
cuánto tiempo se conservan?
¿Los
estudiantes conocen cómo se procesan?
¿Existe la
posibilidad de corregir información equivocada?
Estas
preguntas no son detalles administrativos.
Se relacionan
directamente con los derechos de las personas.
También
debemos considerar los sesgos.
Los sistemas
de inteligencia artificial aprenden patrones a partir de datos que pueden
contener desigualdades históricas, estereotipos y representaciones culturales
incompletas.
Por ello, sus
resultados no deben asumirse como neutrales.
Una
recomendación automatizada puede parecer objetiva y, sin embargo, estar
influida por características de los datos o por decisiones de diseño.
En educación,
esto exige especial prudencia.
No deberíamos
permitir que una clasificación algorítmica determine automáticamente las
oportunidades académicas de un estudiante.
Las
decisiones relevantes deben contar con supervisión humana y mecanismos de
revisión.
Existe
también una dimensión relacionada con la autoría y la integridad académica.
Necesitamos
enseñar a los estudiantes a distinguir entre utilizar una herramienta como
apoyo y presentar como propio un trabajo intelectual que no han realizado.
Pero la
responsabilidad no corresponde únicamente a los estudiantes.
Las
instituciones deben establecer orientaciones claras, comprensibles y
coherentes.
La literatura
científica identifica la privacidad, los sesgos, la integridad académica y la
dependencia tecnológica como desafíos relevantes para la integración educativa
de inteligencia artificial (Ololoh, 2026), (Meylani, 2025).
Por eso, la
ética no debe incorporarse únicamente al final de un proyecto tecnológico.
Debe estar
presente desde su planificación.
Antes de
implementar una herramienta, debemos preguntarnos si es necesaria, si es
segura, si resulta accesible y si respeta la dignidad de quienes la utilizarán.
Quisiera
resumir esta reflexión en una frase:
No todo lo
que la inteligencia artificial puede hacer es algo que pedagógicamente debamos
permitirle hacer.
Nuestra
responsabilidad consiste en reconocer esa diferencia.
Diapositiva
19. Cinco compromisos para las instituciones educativas
15:52–15:55 ·
3 minutos
Después de
recorrer las oportunidades, desafíos y posibilidades de la inteligencia
artificial, quisiera presentar cinco compromisos que podrían orientar a
nuestras instituciones educativas.
El primero es
formar docentes con criterio pedagógico y tecnológico.
No basta con
enseñar a utilizar plataformas.
Necesitamos
fortalecer capacidades para diseñar actividades, evaluar resultados,
identificar errores y tomar decisiones éticas.
El segundo
compromiso es proteger la autonomía intelectual del estudiantado.
Debemos
garantizar que la inteligencia artificial apoye el aprendizaje sin sustituir
sistemáticamente los procesos de razonamiento.
Esto requiere
diseñar tareas que promuevan preguntas, análisis, argumentación y reflexión.
El tercer
compromiso es transformar la evaluación.
Necesitamos
valorar no solamente los productos finales, sino también los procesos mediante
los cuales los estudiantes construyen conocimiento.
Esto implica
utilizar evidencias diversas y promover prácticas de evaluación formativa.
El cuarto
compromiso es garantizar inclusión y equidad.
No podemos
diseñar políticas educativas que presupongan que todos los estudiantes tienen
las mismas condiciones de acceso.
Debemos
ofrecer alternativas, considerar las limitaciones tecnológicas y evitar que la
innovación amplíe las desigualdades existentes.
Y el quinto
compromiso es investigar continuamente.
Toda
innovación debe evaluarse.
Necesitamos
conocer qué funciona, para quién funciona, bajo qué condiciones y con qué
consecuencias.
No podemos
confundir satisfacción con aprendizaje, ni percepciones favorables con
resultados objetivos.
Tampoco
debemos atribuir causalidad a experiencias que no cuentan con diseños adecuados
para demostrarla.
La
investigación debe ayudarnos a distinguir entre entusiasmo tecnológico y
transformación educativa sustentada en evidencia.
Ahora
quisiera invitarlos a imaginar una universidad que asuma estos cinco
compromisos.
Una
institución donde los docentes reciben formación continua.
Donde los
estudiantes aprenden a utilizar inteligencia artificial de manera crítica.
Donde las
evaluaciones promueven comprensión y creatividad.
Donde existen
orientaciones claras sobre privacidad y autoría.
Y donde las
decisiones tecnológicas se revisan mediante investigación educativa.
Esa
institución no sería innovadora únicamente porque dispone de inteligencia
artificial.
Sería
innovadora porque ha construido una cultura de inteligencia pedagógica.
Por eso
considero que nuestro desafío no consiste en acumular herramientas.
Consiste en
construir instituciones capaces de utilizarlas responsablemente.
El futuro
educativo no dependerá solamente de la tecnología que adquiramos, sino de las
capacidades humanas e institucionales que decidamos desarrollar.
Diapositiva
20. La gran reflexión: ¿qué educación queremos construir?
15:55–15:58 ·
3 minutos
Estimados
colegas, quisiera que por un momento dejemos de pensar en plataformas,
algoritmos y aplicaciones.
Y volvamos a
la esencia de nuestra profesión.
¿Por qué
educamos?
¿Por qué
investigamos?
¿Por qué
dedicamos años de nuestra vida a comprender cómo aprenden las personas?
Considero que
la respuesta no puede reducirse a mejorar indicadores o producir resultados
académicos.
Educamos
porque creemos en la capacidad humana de aprender, desarrollarse y transformar
su realidad.
Educamos
porque reconocemos que cada estudiante posee una historia, una identidad y un
conjunto de posibilidades que merecen ser cultivadas.
Y educamos
porque aspiramos a construir sociedades más justas, críticas y solidarias.
La
inteligencia artificial puede acompañarnos en ese propósito.
Pero no puede
definir por sí sola qué sociedad queremos construir.
Esa
responsabilidad continúa siendo humana.
Quisiera
invitarlos a imaginar una escena.
Dentro de
algunos años, un estudiante podría tener acceso permanente a sistemas capaces
de explicar cualquier concepto, resolver numerosos problemas y generar
contenidos complejos.
Tal vez pueda
obtener respuestas de una calidad técnica extraordinaria.
Pero cuando
deba decidir cómo actuar frente a una injusticia, cómo resolver un conflicto
humano o cómo utilizar su conocimiento para beneficiar a su comunidad,
necesitará mucho más que información.
Necesitará
criterio.
Necesitará
empatía.
Necesitará
responsabilidad.
Y necesitará
valores.
Por eso,
cuando hablamos del futuro de la educación, no deberíamos preguntarnos
únicamente qué podrán hacer las máquinas.
Debemos
preguntarnos qué capacidades humanas queremos fortalecer.
¿Queremos
estudiantes que dependan permanentemente de respuestas automáticas?
¿O queremos
personas capaces de comprender, cuestionar y construir conocimiento?
¿Queremos
docentes reducidos a supervisores de plataformas?
¿O queremos
profesionales que lideren procesos educativos con autonomía, creatividad y
sensibilidad humana?
¿Queremos
instituciones que incorporen tecnologías por presión competitiva?
¿O
universidades que evalúen críticamente sus decisiones y respondan a las
necesidades de sus comunidades?
Estas
preguntas definen el verdadero sentido de nuestra transformación.
Quisiera
compartir una reflexión final:
La
inteligencia artificial puede ayudarnos a responder más rápido. Pero la
educación debe enseñarnos a pensar más profundamente.
Puede ampliar
nuestras capacidades para producir información.
Pero somos
nosotros quienes debemos decidir qué hacer con ella.
Puede
ofrecernos innumerables posibilidades.
Pero
corresponde a nuestra inteligencia pedagógica convertirlas en oportunidades de
aprendizaje significativo.
Y quizá el
mayor desafío de nuestra época sea precisamente ese:
No permitir
que la extraordinaria velocidad de la tecnología nos haga olvidar la
profundidad que requiere la formación humana.
Diapositiva
21. Conclusiones y agradecimiento magistral
15:58–16:00 ·
2 minutos
Distinguidas
autoridades, estimados investigadores, docentes y participantes:
Estamos
llegando al final de este recorrido académico.
Durante esta
conferencia hemos reflexionado sobre las oportunidades de la inteligencia
artificial, sus riesgos, las transformaciones de la enseñanza y las nuevas
responsabilidades de nuestras instituciones educativas.
Pero, sobre
todo, hemos defendido una idea central:
La
inteligencia artificial debe estar al servicio de la inteligencia pedagógica, y
ambas deben estar al servicio del desarrollo humano.
No
necesitamos una educación que enseñe a los estudiantes a competir con las
máquinas.
Necesitamos
una educación que les permita desarrollar aquello que hace valiosa nuestra
condición humana: pensamiento crítico, creatividad, sensibilidad ética,
responsabilidad y capacidad de convivencia.
No
necesitamos docentes que se limiten a utilizar herramientas digitales.
Necesitamos
educadores capaces de interpretar realidades, diseñar experiencias
significativas y acompañar a sus estudiantes en la construcción del
conocimiento.
Y no
necesitamos instituciones que adopten tecnologías únicamente por seguir
tendencias.
Necesitamos
universidades comprometidas con la investigación rigurosa, la innovación
responsable y la transformación social.
Quisiera
expresar mi más sincero agradecimiento a la Red Latinoamericana de
Investigaciones Cualitativas, RELATIC, a sus autoridades, al Comité Organizador
y al Comité Científico de este Cuarto Congreso Internacional RELATIC 2026.
Mi
reconocimiento también a las instituciones y organizaciones aliadas que hacen
posible este encuentro, y a todos los investigadores y profesionales que
contribuyen al fortalecimiento de la ciencia y la educación latinoamericana.
Desde la
Universidad de las Fuerzas Armadas ESPE, Ecuador, reitero mi compromiso con una
educación que integre innovación, investigación y responsabilidad humana.
Permítanme
despedirme con una última reflexión:
«El futuro de
la educación no estará determinado únicamente por la inteligencia de nuestras
máquinas, sino por la sabiduría con la que decidamos educar a las próximas
generaciones».
Soy Augusto
Paolo Bernal Párraga.
Ha sido un
verdadero honor compartir con ustedes este espacio de reflexión.
Muchísimas
gracias por su atención.
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